domingo, 26 de marzo de 2017

Sobre mi única religión verdadera: la amistad. Y de por qué, a veces, como diría el Príncipe, el amor "acaba"...

Ninguna persona que es tu amiga exige tu silencio o te niega tu derecho a crecer
Khalil Gibrán

El 2016 fue un año triste para mí porque quien había sido mi mejor amiga desde que teníamos diez años dejó de hablarme. No ahondaré en las razones o la historia inmediata tras su decisión, pero cuando lo hizo me di cuenta que, en realidad, llevaba al menos tres años siendo mi amiga de manera más nominal que verdadera. Y eso me dolió hondamente, me duele aún a veces.

Las personas cambiamos todo el tiempo. La impermanencia es una de las leyes ineludibles de la vida. En verdad nosotras siempre fuimos muy distintas, a veces casi opuestas, y eso nos permitió complementarnos de manera maravillosa por cerca de veinte años. Estar juntas fue por dos décadas la forma de estar más completas de lo que nunca hubiéramos estado solas. Pero en ese tiempo ambas cambiamos tanto que empezamos a ser distintas de maneras profundamente incompatibles.

La despedida, cuadro de Remedios Varo. A ambas nos gusta mucho Remedios, creo que más a mí que soy una fanática del surrealismo y durante seis u ocho meses fui a ver sus cuadros al MAM mínimo una vez por semana. 

Como sabrán todos los que me conozcan --y varios de los que sólo me han leído-- para mí la amistad es mi religión desde que me declaré agnóstica a los catorce años. Creo profundamente en ella, y me entrego a su culto con una devoción que muchas veces raya en el fanatismo en la medida que no tiene reticencias y me ha impulsado a dar y recibir gestos extraordinarios que muchas veces ni yo --con mi imaginación desbordada-- hubiera creído posibles.

A los treinta y pocos años viene a aprender que, sin embargo, la amistad es distinta para diferentes personas. Y aunque siempre he sabido que muchas personas no profesan mi fe, tuve que aceptar a la dura que aún para mis amig@s más amad@s, el concepto de amistad puede diferir radicalmente del mío. Al final fue un golpe duro, pero tampoco pasa nada. Porque descubrí que la amistad, como forma de amor que es, no caduca nunca en más de un sentido. Sin embargo también me quedó claro que tenemos derecho a ponerle puntos suspensivos y también puntos finales, aunque sea sólo para poder cerrar un capítulo o tomo entero.

Así, aprovechando su opción por el silencio (y que me borró bloqueó de las muchas redes sociales en que ambas tentemos cuentas --periodistas al fin--, recordándome un poco bastante el pueril córtalas de la primaria) decidí por mi parte poner punto final. Porque soy una creyente. Y concluí que merezco compartir el inmenso amor que como amiga doy con alguien que profese en mayor medida mi misma religión

Amén.   


P.S. Esta ruptura me trajo también otras cosas muy lindas. Revalorar mi amistad con otras amigas que conozco también desde la infancia. Apreciar nuevamente cómo, a pesar de los años, la distancia y los cambios, podemos seguir coincidiendo. Me trajo también no sólo permitirme, sino incluso esforzarme un poco en hacer nuevas amigas. Y eso es un tema hermoso me merece otros, o muchas otras entradas. 

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