sábado, noviembre 21, 2009

Si le queda el saco al SME, que se lo ponga. Sobre sindicatos y si Bakunin los viviera, de seguro se muriera (otra vez).

Para mi familia, la de sangre (sobre todo papá Toño) y la elegida. Para Luis Hernández Navarro, para Alfredo y el Arturo.

Se ha convertido en mi última confesión política: me encantaría decir que apoyo al SME; la verdad es que no puedo. Me encantaría decirlo porque me considero de izquierda, porque si tuviera que elegir un "ismo" con qué definirme, éste sería sin duda el anarquismo y por ende, le concedo un peso importante al sindicalismo.

Quisiera decir que estoy con el Sindicato Mexicano de Electricistas porque el noventa por ciento de mis visiones políticas quedaron selladas cuando mis tíos adorados (que se conocieron y enamoraron en el sindicato de telefonistas) me prestaron El corto verano de la anarquía en una edición de antes de que yo naciera. Que estoy con los electricistas porque mi tatarabuelo materno fue de los fundadores del sindicato de CFE en Guadalajara y eso le costó el trabajo y terminar sus días trabajando en el club Atlas (lo que explica la irrevocable lealtad de mi familia por el equipo: les van aunque ganen).

Quisiera decir, como han hecho muchos adherentes, que al final estoy con ellos porque son trabajadores, como todos nosotros y todos mis compañeros. Pero tampoco puedo.

I: Si Bakunin, viviera, al ver esto se muriera...

Siempre he pensado que, de alguna torcida forma, el sindicalismo mexicano ha naufragado en la mayoría de sus experiencias. Mientras que en los países escandinavos los sindicatos sirven (si creemos a Newskeek) para llegar a acuerdos de productividad a cambio de mejores condiciones de trabajo, mi experiencia con algunos sindicatos mexicanos es que sirven para justificar ausentismos y alegatos de pereza disfrazados de un "no está en mis funciones", o "ya no es hora de oficina". Y todo eso sólo da argumentos a quienes proponen la compra-venta salvaje del trabajo (con prestaciones mínimas para el empleado, y máximos beneficios para el patrón) como la panacea a todos los problemas laborales.

También el sindicalismo mexicano tiene otro rostro más trágico que, para añadir dolor a la pena, (como dijera Miguel) no está peleado con el anterior: el charrismo. Pero de esa película de horror trágico-surrealista es otra historia, y como diría Ende, merece ser contada en otra ocasión.

viernes, noviembre 20, 2009

El pollero estrella

Mi vida de ama de casa alcanzó su momento cumbre cuando tenía catorce años. Nunca me he sentido domésticamente tan oprimida como entonces, quizá porque a esa edad y en mi circunstancia familiar los quehaceres de la casa eran un peso demasiado grande que cargar sobre mí.

Hice mi primer huevo estrellado cuando tenía seis años. A los quince ya hacía chiles rellenos, tamales y otras monerías. A los dieciséis me propuse no hacer ni un café con leche mientras me durara la prepa y cumplí: creo que mi platillo más elaborado en esos años fueron unos hot cakes de un día que suspendieron las clases y acabé con mis amigos jugando nintendo en la casa.

Ahora cocino mucho y una parte significativa de mi tiempo se va en cosas de la casa. No me importa, al contrario, hay labores que disfruto mucho.

Mi carne favorita para cocinar es el pollo --amo el pescado pero no he logrado encontrar una pescadería en la Escandón y del de la comer o el chedraui ni hablar--, pero el pollero más cercano a mi casa me ha orillado a abastecerme en el súper.

El hombre tiene una calma desdesperante. Un día esperé más de hora y media a que me despachara piernas con muslo. Lo peor son sus aires de divo: no le importa tener a diez personas esperando, él se lo toma con calma. Limpia el pollo minuciosamente y todavía se de tiempo para hacer comentarios a la clientela. Para rematar, la pollería también es verdulería y él es el único que atiende. Cuando el local está de verdad concurrido concurrido y la gente amenaza con enloquecer y usar las tijeras de pollo en su contra, el hombre permite que la gente se despache sola la verdura, la pese, y hace pausas en su arte polleril para cobrar.

Pero eso sólo ocurre a veces. Puede, sin remordimiento de conciencia alguno, dejarte esperando media hora a que limpie una pechucha y medio pollo para cobrarte dos jitomates y decirte que no tiene ajo.

Decidí liberarme de la tiranía del pollero un día que, tras veinte minutos de espera, me dijo que no tenía cambio para mi billete de cincuenta y que no estaba dispuesto a fiarme la jícama y la lechuga. Fue el final. Desde entonces compro en el súper y ante la emergencia acudo a uno de los híbridos entre tienda de abarrotes y minisúper --atendidos por chavitos emo que tratan de ligarme-- que ahora pueblan la colonia.

Al mes se me pasó la indignación, y muy de vez en cuando paso por la pollería cuando veo que no hay nadie. ¿Por qué todos terminamos soportando los desplantes del pollero?, me pregunto cuando veo la aglomeración digna de los mejores tiempos de los países comunistas ante el local.

Tengo varias teorías, algunas lógicas, otras patafísicas. Desde luego, no hay recauderías cerca y el mercado está a seis cuadras o más, además, hay que cruzar una avenida para llegar. Un día encontré al pollero con solo una clienta, una mujer cincuentona, con los cabellos teñidos de rubio: le daba terapia de "tú-vales-mucho-y-no-te-mereces-esto". La señora salió hasta sonriente, como flotando por sobre el asfalto.

Creo que el pollero confidente tiene a su clientela cautiva. E. opina que hasta puede ser el amante de la mitad de las amas de casa irremediablemente fieles a sus métodos meticulosos para limpiar aves. Yo creo que en el fondo, sabe que la mayoría de los que le compran aguantarán todo.

En un momento de desesperación kafkiana, con unas diez personas apretujadas en el local entre niños, maridos enviados por el aguacate y señoras con carrito de mercado una mujer tuvo la osadía de preguntar: "¿por qué no se contrata a alguien?". El pollero hizo una pausa en parsimonioso arte para responder con una sonrisa pícara: "Es que no me sale".

lunes, noviembre 16, 2009

Cosas que hacer después de visitar la expo de Cildo Meireles

Domingo. Día perezoso. Fuimos al MUAC a ver la exposición de Cildo Meireles, a desayunar en La Parroquia. La vida es una sucesión de pequeñas cotidianeidades, de instantes intrascendentes en los que, a veces, uno descubre oculta la felicidad.



Foto, EFE

Junto al lavabo, adivinando uno en el otro la sonrisa en la oscuridad, cantamos "sangre de perro, en los grifos"... "y lloras con tus lágrimas, lágrimas, lágrimas de sangre de perro". Bendito Corcovado.


En la tarde lavé mi bolsa roja recién comprada en Oaxaca. Me traje a Meireles a casa. Y dormimos, y dormimos. Y todo fue cálido, cotidiano, perfecto.


Para ver buenas imágenes de la exposición: el Flickr de Miguel Oz.

martes, noviembre 10, 2009

Para terminar con la maldición de Onetti... (Uuuuuuuuuuuuurge que se acabe lo maldito y empiece lo demás)

La maldición cayó sobre mí el día que toqué este libro, se hizo inevitable cuando escribí la reseña (mi favorita de las que he escrito, junto con una de Clariond de los tiempos de la Coordinación que ya no está en línea) y se intensificó hasta que me arrastré por el piso hace un par de días (literal y metafórico). He tocado fondo, supongo.

Así que para conjurar, citemos a Onetti:

La literatura es mentir bien la verdad.

(La frase, tomada de un blog que me encanta: el Frasario, alias "mi tanga de guerra").



Y para que pegue el ensalmo, la canción Little person, cortesía de Rodrigo, porque también "I do my little job. And live my little life".

Es de Jon Brion, el mismo que hizo la música de Eternal Sunshine of a Spotless Mind.

[20:21] Rodrigo: Ahorita estamos en esa etapa de asegurar la chuleta.
Adriana Isabel. Caminar por la navaja del ahora εïз: Mmm... yo ya me convencí que ese es el cuento que nos cuentan para explotarnos. Y a la chingada con todo. Mi fe en la divina providencia, san Bakunin y el orden del caos es absoluta.
Rodrigo: Jajaja. Sí, claro, también pienso eso. Sí, todo es una mentira.
Adriana: ¿Andan re locos con el bicentenario?
Rodrigo: Sí, con esa payasada de no se cuantos miles de pesos.
Adriana: Pasaremos a la posteridad como la generación que sobrevivió al presi enano y sus pinches ondas del bicentenario... Si sobrevivimos, claro.
Rodrigo: Jajajaj, así es.
[20:35] Rodrigo: ¡¡Oye, ya me dieron salida!!!. Me voy. ¡¡¡Cuídate!!!
Adriana: Huyeeeeeeeeeee
.
[20:36] Mensaje de meebo:
Rodrigo está desconectado.

miércoles, octubre 28, 2009

¿Por qué escribo? Cuando la vida nos traga sin antes masticarnos

(Él solía criticarme cuando hablábamos de la vida como algo personal. Porque la vida no es un ente personal, sino algo de lo más impersonal que tenemos).

No ha habido nada en los últimos dieciocho años que me haga dejar de escribir. Ni el amor, el desamor, las desilusiones, el miedo o la muerte de quienes me rodean. Ahora que he mantenido el vicio por tanto tiempo creo que no podría dejarlo, que mucho de mi definición de quien soy está en esta frase sencilla: yo escribo.

Escribo para recordar, pero también para dejar ir ciertos episodios. Para darle importancia a las cosas o quitársela. Para ponerle al mundo lo que no encuentro en él, para cambiarlo, para cambiarme.

Para que ciertas cosas de la vida no sólo pasen, sino puedan volver a pasar. Para que otras no pasen nunca más. Porque como dice Sabines, en parte quizá sí vivimos la vida sólo para recordarla.

A veces escribo para otros. En largas temporadas, sólo escribo para mí.

viernes, octubre 23, 2009

Mundos-abismos (Louise Glück)

Una de las mejores poetas estadounidenses contemporáneas. Traducida al español por el generoso Eduardo Chirinos. La conocí en otra traducción (impecable) de Pura López Colomé que, probablemente, nunca vea la luz porque los derechos de su obra en nuestro idioma los tiene Pre-textos de Valencia. Admiré a Pura como a pocas personas cuando terminábamos la edición de libro, que incluía El iris salvaje y otro libro: revisaba las pruebas desde su casa o desde el hospital mientras le daba batalla al cáncer.

[...] creamos mundos-abismos de separación


Para no dejar ir si uno lo encuentra:
Louise Glück, Proofs and Theories: Essays on Poetry, Ecco Press, 1994.

miércoles, octubre 21, 2009

¿Y si en vez de planear tanto voláramos un poco más alto?

Quino, en labios de Mafalda.