En dos días he visto a tres parejas que hacen sesiones de fotos con su celular en la playa. Primero posa él, después ella. Él, casi siempre, levanta los brazos como campeón de box o se pone de perfil y ve el horizonte desinteresadamente. Ella, casi siempre, saca la cadera de lado, pone una mano en la cintura y con la otra se toma el pelo mientras sonríe. Tardan entre 20 y 30 minutos en tomar la foto que les gusta a ambos. No sé si mi molestia es porque ni en la playa puedo dejar mi neurosis y odio por el mundo atrás o porque la evolución no nos hizo justicia como especie.
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