miércoles, 12 de julio de 2006

Lo que nos enseñó el 2 de julio: todos perdimos

En estos días he recibido un montón de correos de gente que comparte impresiones sobre esta accidentada contienda electoral. Todos estos mensajes prueban que comunicarnos e informarnos es la mejor y la única arma que tenemos, la que más difícilmente nos podrán arrebatar.

Hago ahora mi toma de posición, no porque tenga que importarles o porque pensar distinto pueda dividirnos, sino como una forma de honestidad ante tantas posibles mentiras.

Yo anulé mi voto. No creo en los partidos políticos en general, mucho menos en los tres candidatos principales en particular. No son los tres iguales, pero sí son sospechosamente parecidos.
Hoy la democracia electoral no es suficiente. Estamos enfrentando el hecho de que debemos ser ciudadanos los 365 días del año y no sólo cuando acudimos a las urnas. Que debemos ser más responsables, más comprometidos con los asuntos que nos incumben a todos. Y eso no cabe en la estructura actual de partidos.

Pienso que lo peor que pudo pasarnos en esta elección, y que nos pasó, fue que el IFE perdiera crédito. Porque bien o mal, el IFE es una conquista ciudadana, y si bien no funciona a la perfección, representa un paso significativo hacia una mayor madurez política.

Perdimos todos porque parece que de nada sirvió el trabajo del millón de personas que participaron en el proceso como observadores o funcionarios de casilla. Porque de nada nos sirve tener las elecciones más costosas del mundo si en una noche los candidatos pueden anunciarse ganadores injustificadamente, y el conteo del PREP dispararse contra toda lógica matemática y de sentido común.

Esta fue en muchos sentidos una elección de miedo. Del miedo a los comunistas, del miedo al derechismo, del miedo a la miseria, del miedo a la iglesia. Del miedo al pasado, pero peor aún, del miedo al futuro.

Importa saber la verdad sobre el 2 de julio. Que se haga todo lo necesario para borrar toda duda sobre el triunfo electoral de quien vaya a ser presidente. Pero importa más preguntarnos qué clase de ciudadanos queremos ser a partir del 3 de julio.


Aquí, un artículo de Aline Petterson publicado en La Jornada que me encantó. Se llama "Me duele mi país", y a mí también me duele.

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