Como decía
hace poco, parece que este año he salido del clóset con todos mis gustos
musicales "culposos". Que para mí no son tales porque, como entendí en un momento epifánico propiciado por la erudición infinita de
Paco Conde yo puedo declararme, con plena honestidad y conocimiento de causa, una analfabeta musical irredenta (nota con abrazo bloguero:esta revelación ocurrió en
aquella jodidísima época de mi vida en que, de no haber sido por algunas generosas casualidades y azarosas
causalidades que me trajeron pequeñas venturas como compartir oficina con Paco seguro me hubiera tirado a las vías del metro Zócalo). Y el que nada sabe nada teme, si no,
pregúnteles al desparpajado Fox y al pinche Peña, cuya ignorancia
enciclopédica ya no sé si me más risa, coraje o lástima. desde mis
intercambios musicales con el Fran...
He pasado casi toda mi vida escuchando sólo la
música
que otros oyen a mi alrededor y quizá el hecho de haber vivido siempre
rodeada de melómanos me ha hecho a la vez menos ignorante, pero también
un poco displicente hacia la
música: no tengo necesidad de elegir qué escuchar porque muchos familiares y amigos me musicalizan los días.
Sin embargo, hay algunos artistas y géneros con los que me siento más relacionada, pero es meramente por razones extra
musicales:
me gusta el son cubano porque recuerdo las veces que lo bailé con mis
amigos de la universidad, o los grupos que conocí en vivo con un amiga
que ahora da clases de salsa en Liechtenstein. Amo el rock de los años
60-70 por mi madre, y soy casi un almanaque ambulante de datos sobre The
Beatles gracias a su fervor por oír su hora en Universal. A
Leonard Cohen lo conocí por E., porque cuando empezamos a
salir me regaló un disco que tenía, entre otras canciones, "I'm your
man"; y caí totalmente con el entonces "my man". Pero me
enamoré de Cohen cuando vi la película de su biografía, donde cuenta de
sus tiempos como monje zen y recibe el homenaje en covers de varios
artistas canadienses. Y como esos ejemplos hay muchos. Mi repertorio de
artistas y piezas no es excesivamente amplio, pero sí entrañable.
Hay otras formas
musicales que me parecen
una experiencia total y que sólo como tales puedo disfrutar. Por
ejemplo, el jazz. Me encanta Coltrane, pero cuando un amigo me regaló un
disco e intenté ponerlo como acompañamiento para trabajar, terminé
aburriéndome (debo aceptarlo a riesgo de atraer sobre mí las maldiciones
de todos los dioses del jazz). En cambio, cuando veo tocar jazz en
vivo, aún cuando los músicos no sean tan espléndidos, lo siento por
completo, me es memorable.
Con el blues me pasa lo mismo, aunque sí logro sólo escucharlo: prefiero oírlo y
verlo en persona. Con la
música
instrumental me pasa otro tanto: siempre prefiero asistir a un
concierto que sólo oír un disco, a menos que esté con algún entendido
que me lo haga disfrutar tanto como si estuviera presente en la
interpretación misma. Sólo a Bach, Tchaikovsky, Beethoven y Satie (más
contadas piezas de otros autores) los escucho a solas en ocasiones,
normalmente un par de piezas o tres máximo. Me pasa como con el
chocolate y el café: me encantan, pero sólo en pequeñas cantidades
porque me resultan demasiado intensos.
La zarzuela me gustaba cuando la veía con mi abuela, que
cada fin de semana la sintonizaba en, si mal no recuerdo, Canal 11.
Entonces la apreciaba en todo su encanto, porque para ella encender el
televisor era como ir al teatro: todo un rito que no se podía
interrumpir. Y ella --que era soprano amateur-- seguía con la cabeza,
manos y pies los compases, haciéndome sentir toda la fascinación de la
puesta en escena.
Quizá esto tiene que ver también con una forma de sensibilidad: me
considero mucho más visual que auditiva. Incluso para la poesía soy un
tanto sorda, mucho más sensible a las imágenes que a las rimas o las
sílabas. Hay cosas que me suenan mal, pero no sé explicar en qué
consiste el embrujo de las que suenan bien. Foucault habla en
Las palabras y las cosas --y en
La arquelogía del saber
y otras obras-- del cambio de episteme y/o sensibilidad por el que la
vista empezó a primar sobre los demás sentidos. Y en mi caso ese sesgo
epistémico es determinante: la música me parece algo indudablemente valioso, pero de una esfera radicalmente distinta a la mía. Simplemente no puedo entenderla en su más pura e intensa dimensión a cabalidad.
Por eso lo digo sin pudor: me gustan Juan Gabriel, algunas canciones de Pandora, Yuri, etcétera... Al grado que cuando descubrí una playlist titulada "música para planchar" con rolas cursis de los 80 fui feliz y la ponía, no para planchar, labor que mi no-religión me tiene vedada, sino para cocinar, barrer o escribir.
En esta temporada de cierres, despedidas y derrumbes escucho mucho una lista automática de YouTube basada en "Algo de suerte", versión de Nina Galindo --es mi favorita, la de Rockdrigo me raspa demasiado en los oídos, me duele demasiado en mi amor-odio urbanochilango por el DeFe-- que incluye completo un concierto de Fernando Delgadillo, Edgar Oceransky y Edel Juárez; más Love of a Lesbian, Revólver y otros grupos españoles que nunca escuché u olvidé haber oído, en una suerte de hallazgos-redescubrimientos patrocinados mayoriamente por
Isidro, gentil compañero online de desvelos simultáneos.
Así va esto.
(El texto sobre mis gustos fue en gran parte tomado de una carta de ¡2010! --cuando era joven y bella aún-- a mi queridísimo amigo-abuelo M.)